
Miguel García Corral
Tengo seis años y estoy en la arena del parque esperando que vuelva.
El columpio todavía se mueve, cada vez más despacio. Él está a cincuenta metros, de espaldas, con el móvil pegado a la oreja. El mundo entre nosotros es un rectángulo de arena que a esa edad me parece infinito. Me bajo sola. Me siento. Lo espero.
Todavía lo estoy esperando.
Me llamo Diana y tengo diecisiete años y una colección de silencios que llegan desde el otro lado del Atlántico. Mi padre eligió ser un fantasma. Un fantasma con pasaporte, con barbacoas los domingos, con un paisaje verde al fondo de las fotos que mi tía me enseñó por error hace dos inviernos. En ninguna de esas fotos aparezco yo.
Lo busco en otras partes. En los hombres que llevan a sus hijas sobre los hombros por la calle. En el padre de Lucía, que le enseña a aparcar el coche en un parking subterráneo con una paciencia que parece mentira. En películas donde los padres llegan tarde al aeropuerto pero llegan. Los miro con esa curiosidad que no sé cómo llamar, que no es envidia exactamente pero se le parece por las noches.
Lo que busco no es a él. Es la respuesta a por qué no fui suficiente para que se quedara.
Recuerdo una noche de martes en el piso de la calle Nicasio Fraile. Diez años, células de colores en un folio, tortilla que nadie terminó. Mi padre tenía el móvil sobre la mesa, brillando con mensajes de números que yo no reconocía.
—¿Me ayudas con el dibujo de ciencias?
No levantó la vista.
—Díselo a tu madre. Tengo papeles del consulado.
Su cuerpo ocupaba una silla en nuestra cocina. Eso era todo. Su mente ya sobrevolaba el océano buscando una salida de emergencia que no nos incluyera. Meses después se fue con una maleta y una promesa de llamarme por Skype todos los domingos. Al principio lo hizo. Luego las llamadas se espaciaron como se espacian las cosas que cuestan demasiado mantener. Después dejó de llamar. Después dejó de contestar. Después simplemente dejó.
Mi madre recogió los pedazos. Los ordenó, los pegó, construyó algo nuevo con ellos. Es mi roca, mi faro, las dos cosas a la vez, y hay noches en que pienso que ella sola vale por todo lo que falta. Pero lo que falta sigue faltando. Eso no lo arregla nadie. Hoy llueve sobre el Pinar. Una lluvia fina de febrero que no termina de mojar. Estoy frente al ordenador y tengo el cursor parpadeando en una pantalla en blanco, y pienso en los cincuenta metros del parque, en cómo perdió el columpio el impulso, en cómo me bajé sin hacer ruido porque ya sabía, con seis años ya sabía, que hacer ruido no iba a traerlo de vuelta.
Durante once años esperé en esa arena. Esperé que llamara. Que preguntara. Que necesitara saber en qué me estaba convirtiendo.
Lo que aprendí esperando es que hay personas que te eligen y personas que te dejan elegir sin ellas. Mi padre pertenece al segundo grupo. Eso ya no me define. Me costó entenderlo, y algunos días todavía cuesta, pero ya no organizo mi vida alrededor de un hueco.
Camino. Tropiezo. Avanzo. Sin columpio y sin muro y con los pies en la tierra de este barrio que es mío, que siempre fue mío, mientras él buscaba otro hemisferio.
El eco llega a veces. Lo dejo pasar.


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