
Rafael Yuste Oliete
La osa se arrebujó en su propia piel. A su lado, ya dormida, su pequeña criatura, un año más. El corazón en calma –ayer hervía–, el frío lo aletarga. Y con ese corazón en calma, el sueño avanzó por su cuerpo sumido en la negrura, hasta vencerlo. Y las imágenes inconscientes se colaron por las grietas de la roca y, a través de simas y cavernas, afloraron depuradas por el filtro subterráneo de la tierra, elevándose al firmamento.
Quinientos diez millones de kilómetros2
a pulso por el plano de la elíptica.
Y qué.
Nosotros anhelamos.
El más leve aleteo de la sangre
excede a la pureza de este cosmos.
[…]
Lo nuestro es el cubil
y toda la inocencia de la vida.
[…]
–Llamando desde el horizonte de sucesos,
llamando desde el horizonte de sucesos,
aquí el cariño.
En medio de esta negra infinitud
impactos de latidos infantiles.
Mas no temas, amor de ojos morenos,
te busco todavía
al borde de la nada.
[…]
Con el corazón en tierra y arena
hasta en las uñas,
aterrizamos.
Un bostezo inundó el vacío, llenando de vapor primigenio el universo; confluyeron sustancias y partículas volátiles; se concretaron la piedra y una alfombra almohadillada y fértil; había un pálpito, varios, algo de luz; al fin, el mundo renacía.



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