
Virginia Sánchez Lafuente
Dos copas de más. El estómago encogido. 30 minutos de recorrido. Suena en la radio Fernando, de Abba. Ella sube el volumen. Se agarra al volante. Mira sin mirar. El trayecto lo podría hacer con los ojos cerrados. Una curva cerrada, un ceda el paso, un descampado con la puta congelándose el alma; otra curva, un enorme y vetusto anuncio de brandy, y la carretera parece no acabar. Ella no entiende la letra de la canción, sólo ciertas palabras como Fernando y eyes. De pronto, en el estribillo, la carretera se ensancha, y ve en el inmenso y oscuro asfalto, tras el parabrisas, el vaho y la incesante lluvia, un cuerpo desangrándose, desorientado, ciego, golpeando con los puños cerrados la cortina de agua. Ella. Ella sin su Fernando. Deja que los coches la adelanten. Baja la ventanilla. Diminutas gotas salpican su mejilla. En el semáforo se mira en el retrovisor. Encuentra terriblemente bellas las lágrimas de sus ojos hinchados. El rímel corrido se diluye en las sombras movedizas que proyectan las luces de los coches sobre el alquitrán. Vuelve a subir el volumen de la radio. ¿Y si cambiara de carril? ¿Y si soltara el volante? Empieza a tararear la canción cada vez con mayor intensidad, aferrándose al volante, con la mirada atravesando los fríos y sucios cristales de la noche, atrapada en un laberinto de líneas discontinuas. ¿En qué se había convertido? Un intermitente. Cambio de carril. Un anuncio en la radio. Poco a poco la carretera va bifurcándose en otras más estrechas e iluminadas, y aparecen los primeros edificios de la ciudad. Primero, un polígono con sus naves desiertas; al cabo de unos minutos, surge de la nada un famoso centro comercial con su aparcamiento vacío y sus centelleantes anuncios; y enseguida, bloques y más bloques de pisos que recortan el paisaje, flanqueándolo, devorándolo, mientras los coches desfilan por angostas callejuelas, uno detrás de otro, como cerdos en el matadero. Un conductor pierde los nervios mientras la adelanta por la izquierda, acribillándola a insultos. Justo cuando su ventanilla se cruza con el rostro del conductor, la increpa con más vehemencia: ¿A qué coño esperas? Ella le devuelve una vidriosa mirada, y musita unas palabras incomprensibles para ambos, con la lengua entumecida. De un volantazo el coche desaparece en la oscuridad. Ella se frota los ojos inyectados en sangre, y arranca de nuevo. Más y más alquitrán mojado. La voz del locutor se entremezcla con los primeros compases de la siguiente canción, pero ella ya no presta atención. Apaga la radio. El paisaje urbano le resulta mucho más familiar. En la gran avenida el semáforo ámbar la obliga a detenerse. Por la ventanilla sigue a una pareja de viejecitos que cruzan el paso de cebra bajo un paraguas. En la acera, una especie de luz fulgura dentro del contenedor de basura. La mujer achica los ojos para ver mejor, y distingue a un hombre harapiento que a duras penas ilumina el interior del basurero con la luz de la pantalla de un móvil. Cerca de él hay un carro del supermercado atiborrado de varas de hierro y una maraña de cables. El semáforo se pone en verde. Con el rabillo del ojo mira la bolsa que ha dejado en el asiento de al lado. ¿Le gustará? Gira a la derecha, y a pocos metros vuelve a girar a la derecha. Deja atrás la plaza y las tiendas con las persianas bajadas. De repente el coche se detiene. Vuelve a mirar la bolsa del asiento de al lado. Mueve el retrovisor y con un pañuelo se limpia las negras ojeras y con la mano temblorosa coloca un mechón de pelo tras la oreja. Sonríe sin creérselo del todo. Se hace la fuerte, pero es consciente de su vulnerabilidad, de que le han sentado fatal esas dos copas de más. Falsa ilusión de bienestar. Y ahora estaba allí, en el coche, sin saber qué hacer, con el regalo. Quizá no fuera una idea sensata presentarse esa noche en su casa como había hecho tantas otras noches. Sabía exactamente lo que iba a suceder, cómo se iba a comportar él, cómo respondería ella; luego habría silencios incómodos y un adiós que a ella se le haría agónico. Y vuelta a empezar. Pensamientos circulares y obsesivos. La Nada. Miró hacia el edificio, la persiana de la ventana estaba subida y la luz estaba encendida. Sacó del bolso la cajetilla de cigarrillos que le había dado una compañera del trabajo al acabar la cena navideña de su empresa. Apagó el motor del coche. Y hubo un silencio. Dejó que ese silencio absorbiera cualquier otro pensamiento. Se fumó el cigarrillo con un placer inaudito, ella, que no era fumadora, que aborrecía a los fumadores. Se rió de sí misma, de actuar como una adolescente. Y sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, se vio desde fuera del coche, y por primera vez no se dio lástima. De repente, una sensación de empoderamiento había arraigado en ella. ¡Qué extraño!, se dijo. Cogió el regalo y le pareció absurdo. Todo. Ella y él. Ese regalo tan bien envuelto. Aquella noche de festejos navideños. Y empezó a reír con un placer nuevo. Y así, de esa manera tan ridícula y banal, empezó a pensar en su casa, en su gato esperándola, en aquel libro que hacía tiempo que dejó a medias y que no estaba mal del todo, en pequeñas cosas que un día la abrigaron de las frías navidades. Y así fue como decidió encender el motor del coche, y de camino a casa volvió a canturrear la canción de Fernando.



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