
Segundo premio del III certamen literario Breverías
Luis Miguel Ramos Bersabé
Dicen los viejos imanes que Alá, en su infinita sabiduría, hizo la tierra blanda para el arado y dura para los huesos de los muertos. Mis manos, que aún recuerdan la curvatura del mango de la azada, ahora solo conocen la aspereza de la piedra en este refugio de la sierra. Hemos huido. El viento frío me corta la piel de los nudillos, recordándome que sigo vivo a pesar del miedo. La rebelión de Al-Azraq se desangra entre los valles de Espadán, y el eco de los cascos de los caballos del rey Jaime resuena cada tarde un poco más cerca. No soy un héroe ni un mártir. Soy Azmet, de Torre de la Higuera, y mi única guerra, hasta ahora, había sido contra la sequía y la mala cosecha. Pero hoy la derrota huele a humo lejano y a miedo callado.
Partí con la promesa de un paraíso en esta tierra y con la bendición de Al-Azraq. Mi esposa, Fátima, envolvió mi única túnica buena con manos que temblaban más que las mías. Mi hijo Yusuf, de cuatro años, me preguntó si le traería un caballo del infiel. Le dije que traería higos dulces. Mentí. En su lugar, traigo grabada a fuego en la memoria la mirada del hombre al que desarmé junto al arroyo de Ayn. Le dejé con vida porque en sus ojos, despojados de toda ira, reconocí el mismo pánico que sentía yo. No alcé la espada, salvo para clavarla en la tierra y huir la noche previa al asalto final contra el castillo. Cobardía, lo llamarán quienes se quedaron. Yo lo llamo la única semilla de humanidad que aún me queda por plantar.
El regreso no es un camino: es una herida abierta. Las zarzas se enganchan a mi túnica como si quisieran retenerme en la sierra. Cada sendero que recorro me aleja de la furia de los vencedores y me acerca al juicio de los míos. ¿Qué dirá Fátima al verme sin gloria ni botín, con la barba salvaje y el alma hecha jirones? ¿Mirará Yusuf a un padre que volvió sin honor ni regalos? En la aldea, los hombres que no marcharon, o que regresaron heridos pero erguidos, ¿me permitirán sacar agua del pozo común?
Llevo tres días caminando, alimentándome de bayas y bebiendo de los hilos de agua que bajan de la sierra. Anoche soñé con mi higuera: la vieja, la torcida, la que da sombra a la puerta. Soñé que abrazaba su tronco áspero y sentía, a través de la corteza, el lento y poderoso latido de la tierra. Un latido de paz. Un ritmo ajeno a sultanes y reyes, que solo entiende de raíces y de savia.
Hoy, al atardecer, diviso por fin la línea familiar de los tejados de paja recortados contra un cielo violáceo. El aire está inmóvil, tan quieto que ni los insectos se atreven a zumbar. No hay humo en las chimeneas. Un silencio antinatural, pesado, se cierne sobre Torre de la Higuera. El corazón se me encoge. ¿Habrán llegado antes las represalias? ¿Habrán pagado los míos por nuestra rebeldía?
Apuro el paso, con la garganta seca, olvidando la fatiga. No pienso en la espada abandonada, ni en Al-Azraq, ni en el rey cristiano. Solo pienso en el rostro de Yusuf y en el calor de la mano de Fátima. Llego al lindero de mi pequeño campo. La tierra está revuelta; hay huellas de caballos. Pero mi choza… mi choza sigue en pie. Y entonces la veo.
Fátima está de rodillas junto al bancal, arrancando malas hierbas con una determinación feroz. Su espalda, delgada y recta, es el monumento más firme que he visto jamás. A su lado, jugando con un palo y una piedra, está Yusuf.
No me ven. Contengo la respiración; mi universo se reduce a este cuadro de frágil normalidad. Ellos son mi Torre. Mi Higuera. Mi verdadero reino: no el de las batallas ni los estandartes, sino el del surco recto y la cena compartida.
Con lágrimas que no logro contener y que me abren surcos en el polvo de la cara, doy un paso fuera del matorral. No traigo higos dulces. Traigo las manos vacías, el corazón devastado y una verdad simple como una piedra pulida: he vuelto.
—Fátima —consigo susurrar.
Ella se vuelve. En sus ojos no hay reproche, solo un alivio tan hondo que me desarma más que cualquier ejército. Yusuf corre hacia mí y, al alzarlo en brazos, al sentir su peso contra mi pecho herido, comprendo.
Mi retorno no es un final. Es el primer surco en una tierra arrasada. Y esta vez no sembraré semillas de guerra, sino las únicas que me quedan: las del silencio, la memoria y este sosiego áspero, como la corteza de mi higuera.


Deja un comentario