
Pedro Fajardo
Entra PINOCHO, con disfraz deslucido, sucio, y deambula entre el público pidiendo a los espectadores que le den los cartones que están en los laterales. Cuando ya los tiene, manifiesta su torpeza al manipularlos. Al hablar, manifiesta un raro tartamudeo consistente en alargar algunas aes.
Los maullidos de un gato atraen la atención de PINOCHO, que se acerca al lateral del escenario y le dedica mimitos al gato.
Mientras esto ocurre, entra MAGDALENA. Mira a su alrededor y se coloca junto a la farola.
PINOCHO. — (Solícito.) Oye, si estás esperando el bus, la parada no es aquí, está un poco más allá, en la plaza…
MAGDALENA. — ¡Muy gracioso!
MAGDALENA extrae del bolso un lápiz de labios y un espejito. Va a retocarse los labios. PINOCHO la mira muy fijamente.
MAGDALENA. — (Poniéndole el espejo en sus manos.) Anda, ayúdame, haz algo útil.
Él sigue observándola sin inmutarse y, embobado como está, el brazo que sujeta el espejo va bajando.
MAGDALENA. — (Subiéndole el brazo.) ¡Qué poquita sal tienes!
Ella termina de pintarse y le arrebata el espejo.
MAGDALENA. — Trae aquí, que estarás ya cansao. Y no me mires tanto, que a los mirones les cobro más.
Al ver que PINOCHO sigue alelado, se ofrece insinuante.
MAGDALENA. — ¿Qué? ¿Te hace un completo?
PINOCHO. — No, muchas gracias, no tengo hambre.
MAGDALENA. — ¡Vaya, hombre! ¡Qué gracioso me ha resultado el payasete!
PINOCHO. — No voy de payaso, sino de Pinocho.
MAGDALENA. — (Burlándose.) ¡No me digas!
PINOCHO gira sobre sí mismo para mostrarse ante ella.
MAGDALENA. — ¡No me había dado cuenta!
PINOCHO. — ¿No te has fijado en mi nariz?
MAGDALENA. — ¡Claro que sí, muñeco! ¿Lo tienes todo igual?
PINOCHO. — No te entiendo.
MAGDALENA. — Nada, nada, cosas mías. Anda, vete, que me espantas a los clientes.
PINOCHO. — (Mirándola de arriba abajo.) ¿Qué vendes?
MAGDALENA. — (Molesta.)¿Tú eres tonto o sólo lo pareces?
PINOCHO. — (Molesto.) Oye, yo no te he insultado.
MAGDALENA. — Pues mira, sí; en cierta manera, sí lo has hecho porque creo que me estás vacilando y no me gusta. Eso ya lo hacen otros tipos más duros que tú a los que no tengo más remedio que aguantar y callarme, pero tú no tienes ni media hostia y a ti no pienso…
PINOCHO. — (Enfadado.) No me gusta que nadie me toque las narices.
MAGDALENA. — (Riéndose grotescamente a carcajadas por lo que ha interpretado como una broma del hombre, que lleva puesta todavía la nariz de Pinocho.) ¡Qué cachondo! (Su carcajada se detiene de golpe al percatarse del gesto iracundo de PINOCHO.) ¿Que no es una broma?
Él, como respuesta, golpea fuertemente con un pie en el suelo.
MAGDALENA. — (Comprendiendo por fin que se encuentra ante una persona alterada, decide seguirle la corriente.) Perdona, muñeco, perdona. No quería ofenderte.
Él hace intentos de reprimir su ira.
MAGDALENA. — Mira, vamos a empezar de nuevo, como si no te hubiera dicho nada ofensivo, ¿de acuerdo?
PINOCHO. — (Atenuando su agitada respiración.) Me parece bien.
Pausa. Ella suspira resignada.
MAGDALENA. — Oye, guapetón…
PINOCHO. — ¡Eh, que me toca empezar a mí!
MAGDALENA. — ¡Vaya, el muñeco tiene memoria! Venga, dale.
PINOCHO. — ¡Hola! ¿Estás esperando el bus?
MAGDALENA. — No, muñeco, aunque no lo parezca, soy la Cenicienta y estoy esperando la carroza.
PINOCHO. — (Pataleando como un crío.) ¡No, así no vale, eso no es lo que dijiste!
MAGDALENA. — No pretenderás que recuerde palabra por palabra lo que dije.
PINOCHO. — (Tímido.) ¡Pues a mí no se me olvida lo que te dije al verte!
MAGDALENA le mira unos segundos en silencio.
MAGDALENA. — ¡Ay, que se me ha enamorao el muñeco!
PINOCHO. — (Como si no lo hubiera oído.) Dijiste que yo te parecía gracioso.
MAGDALENA. — ¿Eso te dije? Debió de ser por el carmín, que tiene efectos alucinógenos. (Lo trata como a un niño.) Bueno, está bien, vamos a jugar un ratito más y luego te piras, que tengo que atender a mis clientes.
MAGDALENA se aclara la garganta antes de afrontar el “juego”.
MAGDALENA. — Oye, guapetón,¿te hace un completo?
PINOCHO. — ¡Jo, otra vez! ¡Así no vale!
MAGDALENA. — Mira, olvídate de eso, muñeco. Ven, siéntate conmigo y charlamos un ratito.
Los dos se sientan en el banco. Se miran en silencio.
MAGDALENA. — Venga, cuéntame algo de ti, lo que quieras.
PINOCHO la mira, pero no dice nada.
MAGDALENA. — ¡Qué labia tienes, jodío! A ver, cuéntame, por ejemplo, por qué vas disfrazao.
PINOCHO. — Los niños se acercan a mí y sus padres me hacen fotos y, si hay suerte, me cae algún euro.
MAGDALENA. — (Mirando alrededor.) Pues me parece a mí que hoy ni tú ni yo vamos a tener muchos clientes.
PINOCHO. — ¿Qué vendes?
MAGDALENA. — (Le mira valorando si realmente puede ser tan ingenuo.) Masajes. Soy masajista.
PINOCHO. — ¿Y se te da bien?
MAGDALENA. — Soy la mejor. En mi oficio, soy la mejor. Por eso me he independizao. Antes curraba en un local, con otras… masajistas, pero me chuleaban. Chico, como no estamos sindicadas… Así que ahora lo hago por mi cuenta y no me va mal. Aunque esta noche no parece que vaya a tener ocasión de demostrar lo buena que soy. No pasa nadie por aquí.
PINOCHO. — Es que he oído que hay fútbol en la tele. Nos jugamos mucho. Es la final de la Eurocopa.
MAGDALENA. — Pues si es así, la noche todavía puede mejorar.
PINOCHO. — ¿Tú crees?
MAGDALENA. — Para mí, sí. Porque si ganamos, muchos futboleros querrán celebrarlo, y si perdemos, habrá muchos más que querrán ahogar sus penas.
PINOCHO. — (Con mucha vergüenza.) Una chica tan bonita como tú no debería andar sola por la calle a estas horas.
MAGDALENA. — (Le mira sorprendida.) ¿Qué has dicho?
PINOCHO. — Que es peligroso que andes por la calle a estas horas.
MAGDALENA. — No, eso no, lo otro.
PINOCHO. — (Con mucho pudor.) Que eres muy guapa.
MAGDALENA. — (Emocionada.) ¿De verdad te lo parezco?
PINOCHO. — Tus ojos echan chispas como… como el martillo de un herrero.
MAGDALENA. — ¿Pero de dónde sales tú, criatura? ¿Cuándo has visto tú un herrero en tu vida?
PINOCHO. — Tus ojos brillan y son grandes.
MAGDALENA. — (Intentado disimular su turbación.) Claro, para verte mejor.
PINOCHO. — Tu nariz es como… como un tobogán de… de algodón.
MAGDALENA. — (Se acerca a él para olisquearle.) Es para olerte mejor.
PINOCHO. — Y tus labios son… tus labios son…
MAGDALENA. — (No le deja terminar.) Para besarte mejor.
Sus rostros se acercan. PINOCHO se percata del obstáculo que supone su nariz. Se despoja de ella. Sus caras vuelven a acercarse, pero entonces se oye el grito futbolero del final del partido.
MAGDALENA. — (Se aparta y se levanta del banco.) Lo siento, muñeco, es la hora del curro.
PINOCHO. — ¿Vendrás también mañana por la noche?
MAGDALENA. — (Se queda mirándole.) No lo sé… Puede…
PINOCHO. — Y si no puedes venir mañana, ven otra noche cualquiera… Yo te espero… Mil y una noches te espero…
MAGDALENA le mira apretando los labios y moviendo afirmativamente la cabeza al tiempo que contiene la emoción. Cuando va a salir de escena, él la detiene llamándola.
PINOCHO. — ¡Eh! ¿Cómo te llamas?
MAGDALENA. — Jéssi… No. Para ti soy Magdalena.
PINOCHO. — ¡Magdalena! Me gusta… Adiós, Magdalena.
Cuando va a salir, él vuelve a detenerla.
PINOCHO. — ¡Magdalena! ¿No quieres saber cómo me llamo yo?
MAGDALENA. — Claro que quiero. ¿Cómo te llamas?
PINOCHO. — ¡Muñeco! Me llamo Muñeco.
Pausa larga. Ambos están mirándose.
MAGDALENA. — (Titubeando.) Oye,Muñeco, verás, yo soy lo que soy, pero no nací siéndolo.
Él sonríe y contempla cómo ella desaparece por un lateral; luego empieza a buscar al gatito que oyó al principio mientras tararea alegremente.
OSCURO.


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