
David Botella
La del rastrillo visitó al hombre del cuero.
.
Se presentó a hurtadillas, sin avisar,
como las ardillas,
con esos mismos ojos en sigilo de quien no quiere ser visto.
Fue siguiéndolo en el café con churros, en el heraldo grapado,
en las conversaciones de termómetro y sol, en los saludos,
en el cruzar la vía
y en la vuelta a casa.
Le dejó ir haciendo vida como cualquier vida ese domingo,
confiado en la verdad de sus prioridades,
ordenando las horas y las últimas hojas que
el otoño había sembrado.
Y tras él, como en trinchera, sin perderlo de vista,
le regaló dos toses y un jadeo,
y luego el ahogo,
el mareíllo tonto del que uno cree reponerse en apenas nada,
en un chasquido, como con una apnea de juguete,
como con un tropezón de respiro.
.
Se le llenó el estar de blanco;
quizá de algún aroma en concreto, de una abeja,
del correr a un recreo, de pan, del calor de un brasero, de amor nocturno.
.
Vaciló en el nudo que ya estaba hecho hurgando desatar una salida,
un pequeño hueco, apenas una rendija, una grieta.
Pero el nudo estaba hecho.
Ninguna sirena cambiaría eso.
.
El sabor. Su pelo en caricias. Los deditos del niño. El afán.
.
Finalmente lo dejó en un rincón del jardín, ceñido y arrugado
con las manos de pensar abrazando la cabeza.
.
Y tal vez,
quién sabe,
en cueros
rastrillado en paz.


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