
Sonrisa en cámara oscura – Gerardo Piña-Rosales
Felipe Díaz Pardo
Al referirnos a la generación del 27, siempre pensamos en un núcleo cerrado de poetas y escritores, pero junto a ellos desarrollaron su labor creativa otros autores y, en concreto, un grupo de mujeres pensadoras y artistas, nacidas entre 1898 y 1914, pertenecientes también por méritos propios a dicha generación u hornada de intelectuales. Casi todas residieron, estudiaron y desarrollaron su labor artística en Madrid.
Forman la nómina de estas intelectuales las pintoras Maruja Mallo (Vivero, 1902 – Madrid, 1995), Rosario de Velasco (Madrid, 1904 – Barcelona, 1991), Margarita Manso (Valladolid, 1908 – Madrid, 1960) y Ángeles Santos (Portbou, 1911 – Madrid, 2013; y las escritoras —en sus distintas versiones de filósofas, poetas o narradoras— Margarita Gil Roësset (Madrid, 1908 – Las Rozas, 1932) —también escultora e ilustradora—, María Zambrano (Vélez-Málaga, 1904 – Madrid, 1991), María Teresa León (Logroño, 1903 – Madrid, 1988), Josefina de la Torre (Las Palmas de Gran Canarias, 1907 – Madrid,2002), Rosa Chacel (Valladolid – Madrid, 1994), Ernestina de Champourcín (Vitoria, 1905 – Madrid, 1999) y Concha Méndez (Madrid, 1898- México, 1996).
La generación del 27: un mundo sin mujeres
Dice Manuel Bernal Romero, en su libro La invención de la Generación del 27: «Entre los poetas del 27, en el momento y en los actos en los que se sitúa el nacimiento del grupo, no hubo mujeres; o si las hubo fueron muy pocas o con escasa relevancia para los actos, posiblemente como consecuencia de la tradición y del momento histórico y del papel que la sociedad le reserva a la mujer en aquel tiempo». A pesar de estas palabras, en la época ya existían mujeres con más nombre incluso que los poetas que luego serán referencia de la generación. Una muestra de esta ausencia es que la parte femenina no participó en las actividades realizadas en torno al centenario de Góngora. La única excepción en la nómina de participantes es la de la pintora Maruja Mallo, novia por aquel entonces de Rafael Alberti.
Y, sin embargo, como decimos, en los meses y años en los que se localiza el nacimiento del grupo ya había escritoras con cierto reconocimiento, como lo demuestra la Antología de Poesía Española Contemporánea, de Gerardo Diego. En el volumen aparecía Josefina de la Torre, que en 1927 había visitado Madrid, ya conocía a los poetas y ya había publicado, en ese mismo año, su primera obra, Verso y estampas, en el 8º suplemento de la revista Litoral, de Málaga, con prólogo de Pedro Salinas, obra en la que mezclaba poesía y prosa. La otra autora que recoge Gerardo Diego es Ernestina de Champourcín, que ya había publicado en 1926 su ópera prima En silencio.
Para comprobar la presencia de las escritoras en el periodo que nos ocupa, también pueden repasarse los ejemplares de La Gaceta Literaria. En el número 3 de la revista, del 1 de febrero de 1927, dentro de la sección “Mapa de poetisas”, aparece, entre otras, la mencionada Ernestina de Champourcín. El número 27, del 1 de febrero de 1928, muestra en su portada un retrato de Rosa Chacel bajo el titular «La escritora vista por su marido», el pintor Timoteo Pérez Rubio. Por último, el número 38, del 15 de julio de 1928, en la sección “El secreto de los poetas”, de César M. Arconada, se incluye de nuevo a Ernestina. El artículo intenta relacionar el espíritu poético con lo femenino, mientras que la poetisa contrarresta tal opinión afirmando que «los hombres son tan accesibles como nosotras a la emoción poética. Pero hay tal vez un género de verso al que nunca llamaré poesía; verso empachoso y sensiblero, que han cultivado algunas “soi-disant” poetas femeninos. Cierto público, ignorante y fácil de contentar, se deleita con los sollozos y los suspiros rimados de esas pseudopoetisas, extasiándose ante las delicadezas del alma femenina y otorgándonos una supremacía que no nos interesa. La auténtica poesía no prefiere ni al hombre ni a la mujer. Prefiere, sencillamente, al Poeta”.
No cabe duda, pues, que, a pesar de la escasa representatividad de la mujer en la generación del 27, la fuerza de lo femenino estuvo presente en el mundo literario de estos años.
El fenómeno del Sinsombrerismo
Llevar sombrero en la época en la que nos ocupa era un signo de jerarquía social. Los ciudadanos de alta alcurnia debían aparecer en público con la cabeza cubierta. En el caso de los hombres, estos podían descubrirse en sitios cerrados mientras que la mujer, no. Distintas opiniones y polémicas surgidas en aquellos años nos hacen comprender que, a pesar de ser un complemento indispensable no dejaba de convertirse en una prenda incómoda.
El movimiento sinsombrerista se inicia en 1930, aunque la anécdota narrada por Maruja Mallo, podría realizarse, según opinión de Tània Balló, tal y como señala en su libro Las Sinsombrero. Sin ellas, la historia no está completa, entre 1923 y 1925. El acto de quitarse el sombrero que llevaron a cabo los que por aquella época eran cuatro estudiantes era un acto provocativo, aunque ellos no fueran conscientes de la trascendencia del hecho. A partir de entonces, la moda de no llevar sombrero se extiende, sobre todo entre los hombres jóvenes como señal de modernidad, de ruptura y de rebeldía. Consecuentemente, la reacción de los sectores más reaccionarios ante el movimiento fue feroz. Incluso llegó a aludirse a cuestiones relacionadas con la higiene y la industria del sector para atacar esta nueva costumbre. En la Guerra Civil, el uso del sombrero por ambos sexos se convirtió en una cuestión intrascendente y poco importante. Y una vez acabada la contienda y en la dictadura franquista, se relacionó la costumbre de no llevar sombrero con ser de izquierdas, como estrategia publicitaria para poner de moda, de nuevo, la utilización del sombrero.
En conclusión, el sinsombrerismo fue signo de modernidad y, sobre todo en la mujer, de independencia, en un tiempo en que esta comenzaba a estudiar y a trabajar y tomaba conciencia feminista.
La época de las Sinsombrero
Estas mujeres desarrollaron su labor creativa, al igual que los otros miembros del 27, en el momento histórico encuadrado dentro de la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República y la Guerra Civil. Durante esos años, la situación de la mujer en la sociedad española distaba mucho de la que existe actualmente, en relación con la educación, el derecho al voto, los movimientos feministas, etc. Repasemos algunos de estos aspectos.
Hasta 1910, en que se publicó la Ley de Educación de ese mismo año, no se reconoció el derecho de la mujer que deseara cursar estudios universitarios a matricularse libremente en los centros de enseñanza oficial. Hasta ese momento, las mujeres solo podían acudir a la escuela para cursar estudios primarios y secundarios. Los pocos casos de mujeres inscritas en la universidad hasta ese momento eran casos excepcionales. Tras aprobarse la citada ley, el número de estudiantes inscritas en la universidad pasó de 30 a 500 mujeres, en menos de cinco años.
Años después, entre 1926 y 1939, con el fin de defender los intereses de la mujer y de facilitarles un lugar de encuentro y de promoción educativa, cultural y profesional, surgió también en Madrid el Lyceum Club Femenino, institución neutral en asuntos religiosos y políticos, postura que le hizo soportar fuertes críticas, hasta el punto de tener que acudir a los tribunales en algún momento, bajo la defensa de Victoria Kent, entre otras letradas.
La primera junta directiva la formaron mujeres influyentes y liberales del panorama sociocultural de la época: la pedagoga María de Maeztu, como presidenta; Victoria Kent e Isabel Oyarzábal, como vicepresidentas; y Zanobia Camprubí, como secretaria. Entre sus objetivos se encontraban los de defender los intereses morales y materiales de la mujer, organizar obras de carácter social, celebrar conferencias, etc. y su tarea fue fundamental para despertar la conciencia de género y activar las políticas de igualdad. Según comentó Maeztu en una entrevista a El Heraldo de Madrid, la institución pretendía, además, establecer un lugar para el mutuo reconocimiento y la mutua ayuda de la mujer; implantar un movimiento de fraternidad femenina; o participar activamente en los problemas culturales y sociales del país.
Su actividad giraba en torno a seis secciones, dedicadas cada una de ellas a un tema: “Social”, “Musical”, “Artes Plásticas e Industriales”, “Literatura”, “Ciencias” e “Internacional”. Después se creó una séptima con el nombre de “Hispanoamericana”. El número de socias del que partió, 115, se quintuplicó en 1927. Entre ellas se encontraban Concha Méndez, Ernestina de Champourcín y Rosa Chacel, que se incorporó más tarde. En 1939, tras la Guerra Civil, su sede fue ocupada por la Sección Femenina de la Falange Española.
Esa igualdad entre ambos géneros fue el objeto de lucha de los movimientos feministas de la época. Será en la Segunda República cuando estas iniciativas tomarán más fuerza de la mano de mujeres como Clara Campoamor, Victoria Kent o Margarita Nelken.
Por otra parte, en octubre de 1915 se crea el Grupo Femenino de la Residencia de Estudiantes, también llamado Residencia de Señoritas, para hospedar a las estudiantes que iban a la capital. Al igual que su homónimo masculino, la Residencia de Señoritas no fue solo un albergue, sino también un centro de animación intelectual y perfeccionamiento moral. La actividad cultural de esta institución, también dirigida por María de Maeztu y con profesoras como María Zambrano, fue muy destacada en los años veinte hasta el dramático corte que supuso la Guerra Civil.
Terminamos este breve repaso del mundo de la mujer en aquellos años en que las artistas del 27 daban sus primeros pasos, aludiendo al sufragio femenino, derecho que no fue reconocido hasta la Constitución de 1931 de la Segunda República, si bien ya en las elecciones a Cortes Constituyentes de junio de 1931, realizadas solo por sufragio universal masculino, se les reconoció a las mujeres el sufragio pasivo, esto es, el derecho a ser elegidas, y pudieron presentarse como candidatas. Tres fueron las mujeres elegidas: Margarita Nelken, por el Partido Socialista Obrero Español; Clara Campoamor, por el Partido Republicano; y Victoria Kent, por el Partido Republicano Radical Socialista. Las dos últimas tuvieron un papel importante en la concesión del sufragio activo a la mujer, es decir de su derecho al ejercicio del voto. También las dos instituciones antes referidas –la Residencia de Señoritas y el Lyceum Club Femenino– destacaron en la defensa de la equiparación de los derechos del hombre y la mujer.
Las Sinsombrero, fruto de una época
Tras la pérdida de las últimas colonias, llegó la decadencia moral, los intentos de europeización, y la modernidad. Sería en el ámbito intelectual donde el pesimismo de la derrota se sintió con más fuerza de la mano de la generación del 98, con Unamuno, Machado, Baroja y Valle-Inclán, entre otros.
Junto a todo esto se unieron las reivindicaciones femeninas que fueron surgiendo tras la Primera Guerra Mundial, en 1918. Tras lo sucedido, recaía sobre la mujer la responsabilidad de engendrar y criar una nueva generación, recurriendo a argumentos de tipo biológico que respaldaban la desigualdad entre los sexos, la debilidad del género femenino y su inferioridad intelectual. Intelectuales ilustres del momento se dedicaron a reflexionar sobre el “problema femenino”, entre ellos Gregorio Marañón, Ortega y Gasset y Ramón y Cajal, siendo este último el más reaccionario y misógino de todos, al considerar que la mujer era causa de perturbación para el científico, que presentaba un carácter teatral y que perdía el encanto de la modestia en cuanto contaba con talento y cultura viriles.
La nueva mujer en Europa surge a raíz de los primeros movimientos feministas de Inglaterra y Estados Unidos, así como de la revolución industrial, que incorporó al mundo laboral a las mujeres. Pero, sobre todo, este protagonismo de la mujer tiene lugar en la Primera Guerra Mundial, cuando el género femenino ha de asumir, ante la marcha del hombre a la batalla, papeles y puestos de trabajo. Es entonces cuando no admite el sometimiento alcanzando su plenitud en torno a 1920.
No obstante, los gobiernos de las potencias europeas no verán con buenos ojos esta nueva actitud de la mujer y todo lo que ello conlleva, como son los movimientos feministas y sufragistas, a los que hemos aludido antes. En España sucede lo mismo y ese prototipo de mujer llega también y se consolida con la Segunda República, en 1931. Poco a poco, las féminas ocuparon el espacio público, rasgo que caracterizó a las artistas del 27, participando también en iniciativas por las que se crearon instituciones diversas. Mientras que los hombres de la generación del 27 utilizaron el espacio público para mostrar su postura de ruptura con el pasado, las mujeres de esa misma generación utilizaron ese mismo espacio público para conquistar algo vital para ellas, para hacerse visibles.
Las obras de las artistas españolas del 27, como sigue diciendo Tània Balló, son un claro ejemplo de ese espíritu de modernidad que identificaba a la nueva mujer. A pesar de ese ímpetu, continua la autora del libro citado, la participación de estas mujeres en la vida cultural e intelectual de la época en que vivieron no fue fácil, dado el anquilosamiento de una sociedad, contra la que ya lucharon con anterioridad otras intelectuales de la generación anterior, la del 14, como Victoria Kent o Clara Campoamor. No será, sin embargo, hasta la llegada de las mujeres del 27 cuando lo femenino aparezca en el mundo artístico con afán protagonista, a través de mujeres, cuya vida y obra repasaremos en las páginas siguientes.
Orígenes comunes
En general, todas estas mujeres tenían, además de muchas otras cosas en común, el de su procedencia social y cultural. Casi todas provenían de la clase media, media alta o la alta burguesía y de un entorno cultural e intelectual más o menos cultivado. Margarita Manso nació en el seno de una familia media. Marga Gil Röesset, en el de una de la alta burguesía. Concha Méndez, la mayor de once hermanos, pertenecía a una familia acaudalada. De hecho, su madre provenía de la aristocracia. Durante el verano su familia vivía en Madrid y durante el verano se trasladaba a San Sebastián. Rosa Chacel era sobrina nieta de Zorrilla, el autor del inmortal Don Juan Tenorio y su familia, de carácter liberal, le proveyó de un entorno que le permitió adquirir una gran cultura literaria y desarrollar una personalidad de gran independencia. El padre de Maruja Mallo como el de Ángeles Santos era funcionario de aduanas. Tanto la madre como el padre de María Zambrano eran maestros. María Teresa León era hija de un coronel y una burgalesa de alta cuna. Ernestina de Champourcín, de orígenes aristocráticos también recibió una esmerada educación, lo que le permitió hablar a la perfección el inglés y el francés y escribir en este último idioma su primer poema a los trece años. Por último, Josefina de la Torre procedía, igualmente, de una familia de la alta burguesía canaria y con ilustres nombres en su árbol genealógico.
No obstante, la existencia de tan rancios abolengos en muchas de ellas no impidió que adoptaran una actitud crítica y tomaran conciencia social en el mundo en que vivían, inmerso en los cambios propios de la modernidad y de las grandes transformaciones venido con la llegada de la II República. Pronto adoptaron un papel activo en las primeras décadas del siglo XX, formando parte del mundo intelectual del Madrid de la época y participando activamente en las nuevas instituciones que iban surgiendo como el citado Lyceum Club Femenino, en tertulias como la del café Pombo, en organizaciones políticas y publicando artículos en periódicos y revistas.
En general, también evolucionaron hacia ideas progresistas, en ocasiones defendiéndolas muy activamente, como es el caso de María Teresa León, quien, junto con su segundo marido, Rafael Alberti, llevó a cabo una intensa vida revolucionaria. En otros casos, los menos, transitaron por los caminos de la religión, como ocurrió con Ernestina de Champourcín, quien pidió su admisión en el Opus Dei en 1952, decisión que no le impidió ampliar su colaboración en actividades de carácter social.
En definitiva, son mujeres con inquietudes que representaron la imagen de la nueva mujer europea en España. Son ejemplo de la nueva mujer moderna que alcanza su plenitud en la década de los años veinte del siglo pasado, haciéndose eco de las ideas de la mujer moderna y participando de la vida cultural e intelectual del momento. Tal vez, todo lo dicho hacía inevitable la amistad entre ellas, en el que el elemento aglutinador era Concha Méndez. Era una figura conocida en los ambientes artísticos e intelectuales de Madrid y era amiga, entre otras mujeres de la época, de Ernestina de Champourcín, Rosa Chacel, María Zambrano, Josefina de la Torre y Ángela Santos.


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