
R. Kipling
Beatriz Galindo, la profe de latín de Isabel la Católica
Me llamo Beatriz Galindo, y seguramente no hayáis oído nunca mi nombre o quizás os suene de pasada, pero poco más. Desde muy joven todos me llamaban “la Latina”, y es probable que comience a aparecer un atisbo de curiosidad en vuestras distraídas mentes. En efecto, ese barrio tan popular de Madrid lleva su nombre por mí.
Las calles de Salamanca fueron el lugar donde di mis primeros pasos allá por el 1475, aunque en este punto, no se ponen de acuerdo los investigadores. La ciudad estaba en plena ebullición humanista, las ideas que llegaban desde Italia hacían crecer una pasión por los conocimientos clásicos.
Como hija de buena familia, mi destino estaba planificado desde que nací y mi formación estuvo dirigida a tomar los hábitos. Pero una vida de contemplación y rezo no era lo que yo anhelaba para mi futuro; decían que tenía un gran talento para dedicárselo a Dios, pero lo que a mí me apasionaba realmente era conocer nuevas gentes, estudiar, compartir ideas. Con quince años mi nivel de latín era conocido en toda Salamanca, y fue poco después cuando la reina Isabel la Católica, que Dios la tenga a su lado, me llamó a la corte.
¡Qué mujer!, rezumaba carácter, valentía, honradez y sobre todo, cuidaba de los suyos. Y yo fui una de las suyas. Isabel era veinte años mayor que yo y había contraído nupcias con Fernando, rey de Aragón. Es curioso comprobar cómo, varios siglos después, desde que estuve a su servicio, los historiadores se pasan todo el día discutiendo si realmente fui su profesora de latín y de ahí mi sobrenombre, o quizás fui simplemente una camarera o dama de compañía. ¿En serio? ¿en eso se entretienen media vida para luego impartir unas conferencias que no interesan a nadie? A veces pienso que, si hubierais vivido en mi época, qué poquitos de vosotros habríais sobrevivido.
Cuando llegué a la corte, la reina tenía una formación envidiable, latín incluido, por lo que en ese aspecto tan solo fui una dama de corte con la que compartir poemas en latín de autores clásicos. Desde muy pequeña, me había invadido la curiosidad por aprender, y eso era muy apreciado por la reina. Mi vida fue una continua toma de decisiones, algunas más acertadas que otras, pero siempre estuve apoyada por mi queridísima Isabel. Aprendí mucho de ella, especialmente la manera de tratar a los hombres, y tomé buena nota de su relación con su esposo, el todo poderoso y orgulloso rey de Aragón al que siempre dejó claro, que ella era reina de Castilla y no una “mujer florero”, como decís por aquí.
Los años junto a la reina me formaron para poder manejarme en un mundo de hombres. Conseguí la confianza y el respeto de la corte. Los reyes fomentaban el conocimiento, la cultura y el intercambio de ideas. Mi buen amigo Lucio Sículo, un bellísimo humanista italiano que siempre supe que andaba detrás de mí, me regalaba versos al describirme como una mujer “adornada de letras y virtudes santas”, creo que quería algo más que halagarme.
Isabel preparó mi boda, eligió a un reputado capitán del ejército, Francisco Ramírez, que Dios le tenga a su lado como a Isabel, pero un poco más lejos. Mi marido era natural de Madrid y la reina me respaldó con una dote de medio millón de maravedíes, una suma ciertamente importante para la época. Tuvimos dos hijos y la reina obligó a mi marido a ampararlos en su testamento porque ya tenía otros seis de un matrimonio anterior. Eran otros tiempos.
La muerte de Isabel fue uno de los momentos más tristes de mi vida, le debía todo y había sido para mí mucho más que una reina, fue ante todo una gran amiga, la hermana mayor que nunca tuve y que siempre estuvo a mi lado. Seguí en la corte unos años más porque mi influencia seguía siendo notoria. El propio rey Fernando me tenía en gran estima y estuvo un tiempo consultándome temas relacionados con la cultura. Pero sin la reina, ya nada era igual. Unos años después también murió mi marido, eso no fue tan terrible como perder a Isabel, pero fue el momento en que decidí marcharme de la corte y establecerme en Madrid. Siempre procuré promover la educación y la cultura en esta nueva ciudad que me acogía, especialmente entre las mujeres más desfavorecidas.
Fundé un hospital destinado a la asistencia y educación de huérfanas, no solo era un refugio para ellas, sino también un lugar donde comenzar una educación, que en esta época era poco menos que un lujo para una mujer. Mi formación religiosa, no olvidéis que estaba destinada a ingresar en un convento, me llevó a fundar también el monasterio de la Concepción Jerónima en Madrid, más conocido como monasterio de La Latina. Fue precisamente en este monasterio donde decidí dejar la mayoría de mis libros y manuscritos para que fuesen conservados y utilizados.
Y así nació ese barrio tan imponente de Madrid como es La Latina. Me gusta pasear por sus calles cuando la obscuridad de la noche me protege, cuando no escucho ningún ruido que me aceche. Es un barrio con alma, con mucha personalidad y sobre todo, con gente de verdad, personas apasionadas que hacen de esta pequeña parte de Madrid un mundo en el que me siento como en casa y donde me enorgullezco de poder decir, soy Beatriz Galindo, la Latina.



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