
Tina de Luis
| Me diste lumbre, fuiste mi abrigo. Nunca cuando hizo frío. | La noche en vela, se desahogó en mi lecho, y se ahogó en mi pena. | Eres mi cielo, y cuando te entristeces, me nublo y lluevo. |
| Tu aliento fue miel. Una miel derretida que endulzó mi sed. | Da igual si apagas la luz de mi atardecer, yo te amanezco. | Llamé a la noche. Su puerta oscura me abrió. Cerró mi albura. |
| Tacto sedoso se destila en mi boca. Néctar de labios. | Dicen que olvide, que te he de odiar. ¿No saben que ese es mi mal? | Si es mi remedio olvidar que la olvido, dejadme enfermo. |
| Allí. A lo lejos, donde el camino acaba, los pasos tiemblan. | Saltan las ascuas de tu mirada ardiente. ¡Cómo me abrasan! | Entre arrullos de mar, engatusan mi tiempo olas de versos. |
| Llegó la ausencia. Esperé a verla partir desde el olvido. | Como un riachuelo serpenteó por mi piel. Nadé en sus aguas. | Saltó en la espuma ser de mirada húmeda, que me rogaba. |
| Dentro de mí fluyen tus lágrimas. Empapan mi alma. | Verano tórrido siega nuestra primavera. Nos marchitamos. | Yo era la roca, tú eras el manantial que la colmaba. |
«Por una palabra, un mundo, por una poesía un cielo. Por un puñado de haikus… ¡yo no sé qué te daría! Al menos un universo» (inspirado en la rima XXIII de Bécquer).


