
Rafael Yuste Oliete
Efímeras acuden a la luz. Son tantas, cíclicas, que son eternas.
Eternidad sin pensamiento en la que se sumergen los vencejos. Con la boca abierta, atiborrándose de toda esa pureza angelical. Y sentir el cosquilleo en el estómago. Tan juntos. Rozándonos con la punta de las alas. Volar siempre. Flotar. La gloria del amor en ese éter que todo lo amalgama, afilando el cuerpo y la pasión. Todo uno en un sí de ecos celestiales. Lo demás es demorarse en la lentitud de la tierra. Morir o desamarse, tanto da.
Hay un alma particular de cada cosa. Y un amor que las comprende. El amor es el viento, la comprensión del vuelo. Revelación y belleza. Epifanía. Bondad. Es la ruta verdadera que nos lleva y nos sostiene. Y vértigo, desequilibrio, otro más, ante la gravedad de amar y ser amado, y un cierto tedio de tanto aleteo. Ay, amor que esforzadamente fructificas en el nido, volamos con la estela de la duda.
Y es que en un tris ya no sabes. Porque no hay razones, o son muchas y complejas. Circulares. Ensimismadas. Autocomplacientes. Y estás lejos. Algo se ha quedado atrás y todo se torna triste y pesado a causa de ese lastre de preguntas. Y no remontas. Y das vueltas y más vueltas, pero no hay retorno. O no lo hay tan eterno. Con todas esas mariposas, al fin, digeridas. Mariposas no, que son efímeras…


