

Morena con vincha y mariposas – Metal con pátina negra – .62x.40x.30 m. – Hernando Pereira
Susana Coyette Urrutxua
A mediados del siglo XVII, el norte de Suecia se convirtió en el escenario de una de las persecuciones más intensas y perturbadoras de la Europa protestante. En aldeas remotas como Torsåker, el miedo se extendió con rapidez, alimentado por rumores, tensiones religiosas y la creciente influencia de tribunales eclesiásticos. La población, aislada por la geografía y marcada por inviernos largos y duros, era especialmente vulnerable a la sospecha y al pánico colectivo. En este contexto, la figura de la bruja se transformó en una explicación conveniente para desgracias cotidianas: malas cosechas, enfermedades repentinas o conflictos entre vecinos.
Los testimonios de niños, considerados entonces especialmente sensibles a lo sobrenatural, jugaron un papel decisivo. Muchos aseguraban haber sido llevados por mujeres del pueblo al mítico Blåkulla, un lugar donde, según la tradición, ellas se reunían con el demonio. Estos relatos, obtenidos a menudo bajo presión, se convirtieron en pruebas centrales en los juicios. Las acusadas, sometidas a interrogatorios intensos, confesaban con frecuencia, para evitar tormentos mayores o con la esperanza de obtener clemencia.
El episodio más trágico ocurrió en 1675, cuando el tribunal de Torsåker condenó a muerte a setenta y una personas, la mayoría mujeres. Fue una de las mayores ejecuciones por brujería en la historia de Suecia. Años después, las autoridades comenzaron a cuestionar la validez de los testimonios infantiles y la falta de pruebas reales, lo que llevó al fin de estas persecuciones.
Hoy, la caza de brujas en el norte sueco se recuerda como un ejemplo extremo de cómo el miedo y la desinformación pueden desatar tragedias colectivas.
Un remolino de nieve avanzaba por el sendero cuando Karin sintió que el aire del bosque cambiaba. No era un presagio claro, sino una vibración tenue, como si los árboles contuvieran la respiración. Desde hacía días, la aldea entera parecía atrapada en ese mismo silencio expectante. Las mujeres caminaban con la vista baja, los hombres hablaban en susurros, y los niños —los mismos que aseguraban haber visto brujas en sus sueños— evitaban jugar al caer la tarde.
Karin llevaba una cesta de leña cuando escuchó pasos detrás de ella. No se volvió. En el norte de Suecia, en aquel siglo de temores, girarse podía equivaler a una confesión. Los pasos se acercaron, y una voz conocida pronunció su nombre. Era Ingrid, la vecina que ya había sido señalada por su propio sobrino. Sus ojos tenían un brillo extraño, mezcla de cansancio y lucidez. “No sirve de nada esconderse”, dijo sin dramatismo, como quien comenta el clima. “Cuando el miedo manda, todos somos culpables”.
Siguieron caminando juntas, sin rumbo. A lo lejos, el campanario marcó la hora, pero el sonido no trajo consuelo. En la plaza, un grupo de aldeanos discutía alrededor del pastor. No gritaban; hablaban con la solemnidad de quienes creen estar cumpliendo un deber sagrado. Karin reconoció su nombre en los murmullos. No sintió sorpresa, solo una especie de alivio amargo: la espera había terminado.
Ingrid le tomó la mano, un gesto prohibido en tiempos de sospecha. “No dejemos que decidan quiénes fuimos”, murmuró. Y juntas avanzaron hacia la iglesia, no como acusadas, sino como mujeres que se niegan a desaparecer sin dejar huella.


