
Tina de Luis
Hoy transito esta vereda que recorrimos tú y yo,
paso con paso, ilusión con ilusión.
Entre miradas sedientas, un anochecer de antaño,
se fusionaron dos almas, dos cuerpos, dos caminos…,
el nuestro y el de Santiago.
La noche llegó serena, con su mantón ceniciento.
En un rincón escondido improvisamos un lecho,
iluminado por rutilantes estrellas y nuestros ojos de fuego.
Danzaban nuestras pupilas, buscando en el firmamento,
con afán, con entusiasmo, las deambulantes perseidas.
Ellas cruzaban con prisa. Dos corazones, tras ellas,
ansiosos solicitaban sus más profundos deseos.
Escucharnos no pudieron. O no quisieron, tal vez.
En vano les suplicamos. Raudas y esquivas, se fueron.
Y un día… te marchaste tú también.
.
Hoy he vuelto a este lugar, donde habitan mis recuerdos.
Intuyo, aún palpitantes, las huellas de nuestros cuerpos
sobre el verdor chamuscado por el látigo del tiempo.
Me recuesto sobre ellas, con los brazos extendidos,
para cubrirlas enteras.
Las recorro y acaricio, las ocupo, las embebo.
Contemplo el techo argentado con nostalgia.
El titilar de mis ojos vacila como una vela de exvoto
lánguida y entumecida.
He soñado sin sosiego repetir aquellas sendas:
la de Santiago y la nuestra.
Por fin retorno, dichosa, a la captura de un sueño.
Las lágrimas de San Lorenzo, cual reflejo de las mías,
atraviesan y se escurren por las orillas del cielo.
Puede que algún meteoro esta vez oiga mi súplica:
«¡Devolvédmelo!».
Dos veces culminaré el Camino de Santiago.
Queda pendiente el de ambos y ese rincón compartido.
Yo seguiré rastreando su estela desvanecida.
No me detendrá el recelo, ni el desánimo.
La marcha debe seguir. Constante.
A mirar siempre adelante el camino me ha enseñado.


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