
Fernando Escudero
Lo vi sin mirar. Lo percibí con los ojos vacíos. Contemplando hacia fuera y hacia dentro, en un movimiento mental, retráctil, que distinguía el mar, inmenso, verde, azul, poderoso, cercano, mientras escrutaba mis pensamientos, repasaba mi vida actual, el momento, tomando conciencia de mis más mínimos movimientos, de los latidos del corazón, del leve picor en el lóbulo de la oreja, de mi respiración, de mi existencia…
Y allí estaba él.
Yo avanzaba por un camino de tierra que bordea los acantilados de Cabo Roig, entre la playa de la Caleta – ¡Cuántos Martinis en la terraza del restaurante Bahía! – y la ancha y profunda arena de Cala Capitán. Es una vía de tierra de un par de metros de ancho, trazada a media altura sobre las rocas que permite contemplar el mar en un radio de diez o veinte kilómetros. Lo más parecido a navegar sin moverse de la segura tierra. Por eso es un paseo de lo más transitado: desde una necesaria ruta del colesterol para toda clase de edades, a los que salen a trotar en zapatillas y pantalón corto, o los que acompañan al perro a dar una vuelta, o un camino de manos entrelazadas para las parejitas, o varios kilómetros reflexivos para caminantes solitarios, como era mi caso, disfrutando de las vistas y abismados en las profundidades abisales de los pensamientos y las circunstancias ortegianas…
Y le vi. Allí estaba él.
Acababa de avanzar un centenar de metros desde la playa de la Caleta cuando distinguí un pescador de roca con sus aparejos y su semblante tranquilo y concentrado. Cabe decir que en aquel paseo sobre los bajos acantilados había muchos ocupando los pedestales pétreos con sus cañas, carretes y cebos, lanzando una y otra vez, girando el torso para alcanzar la máxima longitud posible, llamando a Poseidón para que hiciera el favor de llenar el anzuelo con sabrosas lubinas, anchovas o palometas blancas, incluso con bonitos y barracudas si tenías la suerte de alcanzar las aguas profundas próximas. En fin, abrir la despensa del mar, colocar bien el anzuelo, dar lo máximo posible de hilo, y esperar, esperar, esperar, a veces para nada, o para mucho cuando la mar era generosa y había que agradecer los dones recibidos, y verlos agitarse en el cubo de plástico y pensar que hoy cenaríamos esos peces tan sabrosos, ¿y otra vez, pescado?, gritarían los hijos, desencantados, anhelando una grasienta hamburguesa, o un huevo frito soberano en aceite, y esas gorduras de los niños modernos hechas a base de play-station y mala alimentación…
Un pescador…, como otro cualquiera sí, con su cubo, su caña de tres metros, un carrete lleno a tope de hilo fino, tal vez un 33/100, sus cebos entre los que se adivinaban lombrices marinas, pan seco triturado mezclado con aceite de sardina, incluso mejillones para las voraces doradas reales, con su chalequito de cientos de bolsillos, su gorrito de seta invertida, sus botas de suela muy ancha, impermeables…, parecía la estampa de un pescador de libro, de anuncio de El Corte Inglés: afeitado, más cercano a los setenta que a otra cifra, de barba rala, ojos claros y mirada diáfana, bajito, algo pasado de peso, limpio…, un abuelito pescador, una figura inmóvil y recortada contra el horizonte marino, impávido, sereno, atento, acechante de los frutos del mar, pero resignado a la suerte de la pesca: hoy mucho, mañana nada, hoy en la roca justa, mañana sobre el sábulo playero frente a las olas muertas. Un pescador como otro cualquiera, sí, pero lo que me llamó la atención de este pescador fue el lugar elegido para tirar la caña. No estaba sobre las rocas próximas al mar, varios metros más abajo del camino, sino sobre el pretil de mampostería que separa la vía de paseo del comienzo del acantilado. Elevado sobre el borde de apenas cincuenta centímetros de altura, con la caña preparada y el carrete lleno…, pero demasiado lejos del propio mar, separado casi una decena de metros. Pensé que tal vez le daba miedo, a su edad, sostenerse sobre el borde de los peñascos, que fuera propenso a marearse y temiese caer en el agua, pero era raro que estuviese tan retirado, en el borde del camino, tan lejos del mar. Ralenticé el paso y le vi adoptar la postura perfecta para lanzar, con toda la fluidez de los brazos, el hilo hacia las aguas próximas…, pero faltaba algo: el carrete no sonaba, el hilo no se desenrollaba en busca del azul profundo, el anzuelo quedaba suspendido sin alcanzar líquido alguno, flotando en el aire…, y sin embargo el pescador parecía satisfecho, sosteniendo la caña inútil como si el plomo y el cebo hubieran alcanzado el agua y estuviera concitando a sargos, doradas y róbalos. Hacía que pescaba sin pescar. Jugaba a parecer un pescador sin serlo. Perfecto anuncio. Pose inmaculada. Y la caña sin desenrollar, amagando algo inexistente que pasaba desapercibido a los paseantes, a todos menos a mí, porque yo sé mirar para dentro y para fuera, y aquel hombre solo semejaba pescar. Fingía…
No interrumpí mi paseo y al volver a casa lo comenté con mi mujer que no le dio la más mínima importancia, pendiente de las cuestiones familiares rutinarias. “Estaría practicando – dijo- para bajarse al acantilado. Tal vez probaba el equipo. O recordaba cómo se pesca. No le des más vueltas, cariño, ¿has visto la última factura de la luz?, ¿cuándo vas a arreglar el estante del salón?, ¿has revisado los deberes de Matemáticas de Marta?…”
Al día siguiente volví al paseo, y allí estaba el abuelito, y otra vez lo mismo, pescar sin pescar, lanzar el hilo sin lanzarlo, pero con una postura impecable de pescador avezado. Y así otro día y otro, y la siguiente semana…, siempre con el cubo de plástico verde lleno de agua de mar y vacío de capturas, el agua transparente y salada a la que yo preguntaba qué estaba haciendo aquel hombre allí.
Fabulé quimeras y posibilidades. Se lo conté a mi mujer tantas veces que se aburrió de mí y me indujo a no contarle nada. Lo comenté en el trabajo, con amigos y conocidos, pero nadie pareció darle importancia, aunque a mí me ocupaba el pensamiento, me alteraba hasta el sueño, me obsesionaba…
Por fin, una tarde, volví a verlo en su sitio de costumbre con su rutina habitual. Estaba decidido. Me paré a su altura, hice como si contemplara el mar y le abordé:
— ¿Qué, mucha pesca hoy?
El pescador no movió un músculo, ni alteró un milímetro su posición perfecta sosteniendo la caña.
— Sí, hoy hay suerte… Es un buen día.
Miré al cubo lleno de agua y vacío de peces, las lombrices moviéndose en su caja, el anzuelo inerte, el hilo recogido. Dudé si considerarle un demente y alejarme de allí, pero la curiosidad crecía en mi interior. Saqué el paquete de cigarrillos.
— ¿Hace un pitillo?
Fumamos pausadamente, comentamos el estado de la mar, las capturas crecientes tras el paso del verano, hablamos de todo un poco: fútbol, mujeres, política.. , así más de una hora y nos ventilamos medio paquete. Me fui a despedir con el convencimiento de aquel hombre no estaba loco, al contrario, sino que guardaba un intenso misterio. No aguanté más, y cuando ya iba a reiniciar mi camino, se lo espeté crudamente:
— Pues usted dirá que pesca mucho, pero le vengo observando durante mis paseos y nunca lanza el hilo al mar. Parece que pesca, pero no pesca. La verdad, no se moleste, me tiene intrigado…
El pescador me miró directamente a los ojos con toda la guasa del mundo. Sus ojos claros lanzaban chispas amables de regocijo. Parecía estar esperando esa pregunta.
— ¡Hombre, al fin alguien listo que se da cuenta!… Pues, aunque usted no lo crea, pesco y pesco mucho, lo que pasa es que hay que saber verlo… Soy jubilado desde hace bastante tiempo; viudo, desgraciadamente, y mis dos hijos viven lejos, una en Mallorca y el otro en Alemania. Sólo hablo con el televisor y una cotorra a la que un buen día soltaré. Yo vengo todas las tardes aquí a pescar, pero no me interesan los peces. Yo pesco personas como usted, que se me acercan extrañados de que no desenrolle el sedal, y se interesan por lo que hago, y me ofrecen cigarrillos gratuitamente, y me dan conversación, y pasamos un buen rato arreglando el mundo y hablando de esto y aquello…, yo pesco amigos que no tengo, compañía humana de la que me alimento, conversaciones, polémicas, indignaciones, problemas que me cuentan, alegrías que comparten con este pobre pescador… Pesco almas y corazones latientes, llenos de sangre, de pasión…, pesco palabras, ideas, sentimientos… Pesco personas que alivien mi soledad, y hoy, créame, hoy se me ha dado bien, hoy merece una foto con un buen marco exhibiendo la captura, hoy merece ser recordado y contado… Es usted un pescado de los mejores, de esos de concurso de los que se habla una y otra vez hasta aburrir a los amigos… Hoy ha sido uno de mis mejores días…


